EL MUSEO DEL NERVIÓN

By felixfer01

 

 

El tiempo será testigo, si esta notable obra arquitectónica y los cuadros y esculturas que pueda albergar en sus salas; seguirá siendo un exponente vivo y permanente del Arte y Sensibilidad, o simplemente un tinglado monumental, anclado y varado en las riberas del Nervión, junto a lo que fueron las atarazanas del Campo Volantín y Uribitarte.

 

 

Parece que este nuevo Museo de Bilbao, con nombre propio de un mecenas y rico americano, ha sido concebido como un desafío o hito trascendental, en la frontera con el próximo siglo y milenio. Su símbolo es como si fuera el cambio testimonial de una Era, que ya feneció en el Nervión (industrial, minera y marítima). Se pretende que sea un presagio cultural y atractivo, frente a los nuevos tiempos venideros de la Telecomunicación y el desarrollo de los sistemas de Ingeniería Cibernética. No obstante,  el País Vasco como sociedad imprescindible en España, seguirá viviendo y creciendo al ritmo de la Agricultura, Ganadería, Cultura, Gastronomía y Servicios; todo con el buen equilibrio que demandan el estilo y la singularidad que siempre ha imperado en la Comunidad Bascongada.

 

Hemos visitado este interesante museo al tiempo de su inauguración, y todas las voces e informaciones que se oyen dicen lo mismo; que en su diseño se ha  ido buscando las referencias e integración con lo que fue la hegemonía y auge de la Ría del Nervión, y el estilo y ordenamiento urbano actual y futuro del Gran Bilbao. Su perspectiva sobre la Ría, exhibe las formas y el volumen de un virtual barco mercante de alto bordo, fondeado sin escora alguna, junto a un canal artificial de atractivo y limpio embalsamiento. Toda la superestructura u obra viva de este conjunto, semeja los puentes, pantoques y amuradas de un coloso navío. El forro exterior de sólido entramado, está chapeado con paneles rebordeados de fina lámina de ferro-titanio, cuyo brillo primigenio inoxidable, destaca sobre la macilenta biosfera de Bilbao; reflejando su nitidez, sobre las oscuras y turbias aguas del Nervión.

 

La idea e interés que mueve al visitante al bajar la escalinata y atravesar el umbral acristalado de la entrada, es abrir los ojos para no perderse ningún detalle. El primer análisis objetivo que se observa desde el centro del vestíbulo, es el alarde de arquitectura moderna y expresiva. Se nota en este Proyecto, de cómo el Arquitecto-Autor, se ha regodeado con la diversidad de colores, materiales y formas en traza vertical, desviando con ello al visitante, su clásica tendencia al recorrido horizontal. Esta disfuncionalidad predispone al visitante, al asalto y dominio de los diferentes niveles o pisos del museo.

 

Los detalles tan significativos del ambiente naval; como la gran bodega con arbotantes, en la planta baja; las chimeneas o mástiles, como pilares básicos del edificio del museo; los entrepuentes, con pasillos perdidos en los niveles”shelter”de unión de salas; los mamparos y pasadizos entre ascensores y las regalas y candeleros de las escaleras; configuran el armazón de la diversa arquitectura interior. Con esta última estructura, se conexiona parte de la arquitectura exterior radiante acristalada, con la de acero estructural, con la de mampostería concertada de calizas cremosas y la de paredes blancas y limpias.

 

La pintura artística que alberga el museo es todavía escasa, y los detalles estructurales modernos exhibidos, no entusiasman al visitante, sobre todo los hierros oxidados y ruinosos de Chillida. Pero hay una sala en el 3º piso, que acoge cuadros de Kandiski, Picasso, Miró, Matise etc; que es la mas concurrida e importante para el público. En esta sala hay una interesante, cual es, una  rivalidad artística entre dos grandes pintores, dos genios, Kandiski y Picasso. El primero, al ver sus cuadros, lo reconocemos como el maestro del colorismo vivo y abigarrado, ejecutado con perfectos y simbólicos trazados lineales y curvos. Refleja esta pintura el no va más del expresionismo cromático. Se nota en este pintor que quizá fue un hombre predestinado, que reemplazó su vocación de geómetra y científico, por la pintura. Picasso es el maestro de la figura y retrato, y aunque emplea colores y contrastes muy bellos en su configuración cubista, no alcanza la viveza de Kandiski. Se nota en el pintor malagueño, una inspiración del alma española, marcada, eso sí, por el sentimentalismo, bohemia y pasión; que algunas veces son lastres para el perfeccionismo artístico.

 

Al abandonar este monumento radiante, y avistar el Museo Contemporáneo del Parque, no pudimos olvidar a tres hombres distinguidos que tuve la suerte de conocer, en mis asiduas estancias a las conferencias sobre pintura. Marques de Lozoya (primo de mi amigo Peñalosa, del Alcázar de Segovia), Crisanto de Lasterra y Manolo Llano Gorostiza. A los tres les estoy viendo de cuerpo presente, erguido y sencillo, en aquella magna exposición sobre el pintor asturiano Darío de Regoyos. Este en sus lienzos de genial impresionismo,  no consiguió  equilibrar  la rivalidad entre los verdes de Asturias con los de Vizcaya. Venció la siempre querida y rebelde Asturias.

 

En esta charla el Marques de Lozoya, enaltecido por la amistad de sus amigos de Bilbao, y liberado de su vecindad y de los paseos por los extramuros del Picón del Eresma con el Clamores, ríos locales que reflejan la monumentalidad de Segovia; exaltó  Darío de Regoyos y su gran pintura impresionista, reflejo de la vida agropecuaria de los Baserritarras Vascos. A Crisanto de Lasterra, Director del Museo, le conocíamos menos, pero en su radiografía fisonómica y humana, nos descubría siempre la imagen de un letrado señorial, circunspecto y educado, de pocas palabras pero impresionante. Manolo Llano Gorostiza, el periodista de San Salvador del Valle, que cambió su rumbo de Veterinario por las Letras; al que le teníamos aprecio, con el tuvimos contacto varias veces en Burgos, sobre todo cuando dio una conferencia sobre la Gastronomía y Pintura Vasca, libro, este último, magistral e ilustrado que editó y dedicó a su querida esposa María Carmen Abáitua, oriunda de Sestao.

 

 

Artículo editado en el Diario de Burgos en Diciembre de 1997.

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