Con esta metáfora marinera pretendemos insinuar, con dos apartados distantes en el tiempo pasado y presente; las responsabilidades que todo Capitán de la Marina Mercante, debe conocer sobre el gobierno de su barco, para arribar feliz a su puerto. Fui testigo en mi juventud del comportamiento de un capitán, Pablo de Muruaga, cuando navegábamos por el impetuoso y tenebroso Mar del Norte atlántico.
En el Diario de Navegación de aquella singladura, se detalla el acaecimiento siguiente. El mar y el cielo presagiaban un fuerte temporal, muy borrascoso con mar arbolada, y con unos bandazos de traves y cabezadas enormes, que hacía crujir el casco e impidiendo por completo el avance del barco. Al momento el capitán, presto a sus obligaciones, acudía al puente de navegación. Lo primero que me pedía, como oficial-agregado suyo, fue que tomara la rueda del timón con seguridad y con ella mantener el rumbo de bitácora. También me pedía unos prismáticos y una silla; estos eran los acomodos, para lanzar la vista al horizonte sombrío y a los maretones espumosos que barrían todo el castillo de proa. No se movía del puente el responsable y serio capitán, hasta que no amainara el temporal, fuera de día o de noche.
Entre estas dos épocas transcurridas, del ayer y hoy, hemos visto las diferencias y cambios experimentados en la arquitectura naval de los barcos; sobre todo en los modernos y atractivos cruceros, donde su gran y sorprendente francobordo u “obra muerta” del barco, destaca en altura sobre el calado de su “obra viva” sumergida. No nos extraña este modernismo de los grandes paquebotes; los cuales nos ofrecen la atracción y la ilusión de navegar a los turistas; sobre todo a aquellos que desean o necesitan pasar unos días de verbena y zambra en los suntuosos salones, cámaras y sobre todo en los camarotes del crucero. El ritmo y el son de la música, ya sea jaranera o emotiva de sensaciones románticas, predisponen al divertimento y disfrute de los turistas, que no olvidaran su crucero, el cual será recordado, frente a cualquier imagen marítima.
Imagen tomada de: blogdecruceros.blogspot.com/2009/12/costa-con…
Con el disfrute, diversión y cachondeo en los cruceros, que no es malo, no se debe olvidar el adagio popular, “después de las risas vienen los lloros” y así ha ocurrido en ese caótico y azaroso naufragio. No sabemos directamente la actitud del capitán para salvar la situación de varamiento, escoramiento y al final desastre marítimo del crucero; frente a la escollera de la Isla de Giglio de la Toscana italiana. Todo parece indicar que la distracción y el jaleo que se producía en el puente de navegación, fue la culpable de tal desastre. Lo que extrañamos y no lo sabemos, es la presencia allí de la becaria-traductora; porque en el puente de mando, no se necesitan traductores ni acompañantes. Allí solo marea el idioma ingles marítimo, que es la lengua universal establecida en la navegación.
Creemos que al capitán se había olvidado en esos momentos, del metacentro del crucero; el punto más importante en la seguridad naval de este barco. Parece que solo la energía y entusiasmo por el “epicentro” el “baricentro”y la tensión del “botalón de foque”, dominaban el cerebro del comodoro. La carta náutica del capitán, la tenía enfrente en un rincón, bajo el reloj de bitácora; lo cual era su preocupación y obsesión en aquellos momentos dramáticos. El solo observaba aquella situación comprometida, pensando en el “pantoque” y “centro de carena”, que era la interpretación que le interesaba resolver.










